“Rayuela”, de Julio Cortázar

10 10 2009

Hace tiempo que no escribo acerca de libros, y el principal motivo es que pasé la mayor parte del año pasado con un libro en particular. Y bueno, tambien porque llegó (y terminó) el verano, y mientras haga calorcito, hay que aprovechar para pasearse. El libro que monopolizó mi tiempo libre se trata de “Rayuela”, de Julio Cortázar, una lectura retadora y sumamente personal, que demanda atención complete por parte de su audiencia.

Se podría decir que “Rayuela” es una historia de amor. También se podría decir que es un cuento de fantasmas, o una colección de apuntes y recortes de un escritor. Se pueden decir muchas cosas acerca de este libro, pero uno de los detalles más famosos del mismo es su inusual estructura. En la introducción, Cortázar señala que se puede leer “Rayuela” de dos formas: secuencialmente, o siguiendo un orden diferente, brincando para adelante y atrás con una serie de capítulos “prescindibles”. En mi opinión personal, no hay demasiada diferencia entre las dos versiones, y un lector que no deseé explorar esta obra en múltiples ocasiones se verá mejor servido leyendo la versión extendida desde un inicio.

La historia de “Rayuela” sigue a Horacio Oliveira, intelectual argentino buscando sentido a su existencia en París, y sus amores con La Maga. La segunda mitad de la historia sigue a Oliveira tras su regreso a Argentina, continuando esa futil búsqueda, pero marcado de por vida por los eventos de París. No ahondo más en los detalles de la historia porque no es lo más importante. Algunos pasajes son inolvidables, como el torrencial concierto de piano, la noche en vela con el pequeño Rocamadour, el uso creativo de unas tablas en una tarde calurosa, y el acordonado final. Pero “Rayuela” trasciende más allá de su línea narrativa, y presenta a unos personajes vivos, personajes con los que quizá no simpaticemos, pero que respiran y nos miran de regreso a través de las páginas.

“Rayuela” es una lectura que pide ser saboreada con calma. Cortázar nos demuestra línea con línea lo hermoso que es el lenguaje español, jugando con las palabras y la mente de sus lectores. Especialmente memorable es un capítulo escrito en glíglico, lenguaje de pasión pura con similar fonética y reglas ortográficas que el español. ¡Ah, cómo me gusta mi lengua!


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